Leyenda de la monja.

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La Leyenda de la monja del centro histórico.

Cuenta la leyenda de la monja que, allá por el siglo XVI, vivían los hermanos Ávila en lo que hoy serían las calles de Argentina y Guatemala del Centro Histórico de la Ciudad de México. Los hermanos se llamaban María, Gil y Alfonso, los cuales tenían una buena posición social y una fortuna considerable.

La hermana menor, María, era una jovencita muy bonita e ingenua. Todavía no conocía las maldades del mundo y consideraba a todas las personas dignas de su confianza. Fue así como conoció a Arrutia, un mestizo que provenía de una familia muy humilde. Éste trabajaba para los Ávila desde hacía unos cuantos meses y ya se había enamorado de la riqueza de los hermanos y de su buena vida.

Como las aspiraciones de Arrutia estaban fuera de su alcance, se le hizo fácil enamorar a la ingenua e inexperta María. 

El plan avanzaba a la perfección, pronto Arrutia y María se casarían, y la fortuna de ella pasaría a manos del mestizo ambicioso. En el bar que frecuentaba se le ocurrió presumir un día a sus amigos que pronto sería tan rico como los hermanos Ávila, y que María era tan tonta e ingenua, que no sería un estorbo para seguir disfrutando de los placeres de las mujeres ni de las parrandas.

Pronto el chisme se corrió en toda la colonia y llegó a oídos de Alfonso Ávila. De inmediato se dirigió a su casa y despidió a Arrutia, no sin antes llamarlo altanero, mestizo e irrespetuoso; luego le prohibió tajantemente volver a ver a su hermana y mucho menos poner un pie en su casa. A lo que Arrutia le contestó:

–No puedes hacer nada si ella me ama –dijo cínicamente el tal Arrutia–, pues el corazón de tu hermana desde hace tiempo que es mío. Puedes oponerte cuanto quieras, pero nada conseguirás.

Cuando Gil, el otro hermano, se enteró del peligro que corría María, quiso matar al villano en un duelo. Pero Alfonso ya tenía otros planes en mente. No permitiría manchar sus manos ni las de su hermano con un cretino como ése. Así que entre ambos reunieron una cantidad bastante considerable y se la ofrecieron a Arrutia.

Se dice que el mestizo aceptó el dinero y se fue a vivir a Veracruz sin decirle adiós a María, quien lo esperó por dos años. La desdichada María cayó enferma de depresión y ya no tenía fuerzas ni para salir a eventos o recibir visitas, sólo deambulaba como una sombra por la casa, gimiendo y llorando.

Los hermanos Ávila, al verla en ese estado, decidieron meterla al Convento de la Concepción, el primer convento construido en la Capital de la Nueva España, el cuál era famoso por recibir como novicias a las hijas, familiares o conocidas de los conquistadores españoles.

Para convencerla, Gil y Alfonso le contaron a María que su mestizo jamás regresaría, pues sabían de buena fuente que había muerto. Sin otra razón para seguir viviendo, María se entregó en cuerpo y alma a la religión. Solía distraerse con rezos, ángelus y maitines; pero en las noches le dedicaba llantos lastimeros a su amante, olvidándose completamente de Dios.

Un día, María se enteró por buena fuente que Arrutia seguía vivo, pero no sólo eso, sino que había regresado a la Capital para pedirles más dinero a los hermanos Ávila. Esta noticia destrozó el corazón de María, y como su pasión era más fuerte que la religión, una noche no pudo más y decidió matarse.

El cuerpo de María fue bajado hasta el día siguiente y fue sepultado esa misma tarde en el cementerio interior del convento.

No fue la única, noche tras noche y monja tras monja, el fantasma de la monja colgada del durazno fue motivo de espanto durante muchos años.

Tiempo después, los hermanos Ávila se vieron envueltos en una revuelta encabezada por don Martín Cortés, hijo del conquistador Hernán Cortés, los cuales fueron encarcelados, juzgados y sentenciados a muerte.

El 16 de julio de 1566, los hermanos Ávila fueron avergonzados, humillados y golpeados, y posteriormente fueron degollados. Por órdenes de la Real Audiencia y en mayor castigo a la osadía de los dos Ávila, su casa fue destruida y su tierra fue sembrada con sal.

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